domingo, 28 de mayo de 2017

Por qué te vas

El día cansado trajo la metáfora de un cielo gris sostenido por el recuerdo de una canción que mi madre solía cantarme. Sentada a mi lado en mi cama, dibujando ternura en mi pelo: “…todas las promesas de mi amor se irán contigo…” . Yo me iba durmiendo, la escuchaba en una duermevela, mientras mis ojos caían al sonido de su voz y sus caricias. Un sonido tenue, casi una murmuración aterciopelada, que nada tenía que envidiar a la voz aniñada de Jeanette. El recuerdo duró solo unos instantes, pero más que un recuerdo, fue una sensación; cerré los ojos –fuertemente- intentado que el sentimiento no se escapara: empecé a sentir presión, humedad tras los párpados. Apreté los puños y me negué a dejarlo salir, a volver a ser débil. Pero también pensé que ser fuerte consistía en eso mismo: en relajarme, en fluir. Un hilo de sentimiento recorrió mi cara y me sentí feliz y triste. Triste y feliz.

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